10 may 2011

;)





Era una tarde de verano en París. Tenía cita en la oficina donde trabajaba a las 6:30, y ya llegaba tarde por 5 min de retraso. 
No paraba de mirar mi reloj, y camina con unas prisas increíbles. Iba con el uniforme  de la carrera, y las uñas despintadas, ni siquiera me había dado tiempo a quitarme la pintura con quita-esmalte. 
De repente una niña pequeña se paró ante mí, tendría unos 9 años.
Me miró y puso una cara de disgusto.
-Mírala que suerte tiene de no tener preocupaciones- me dijo mi cerebro.


-¿Cuándo fue la última vez que no te paras frente a la Torre Eiffel? ¿Cuándo fue la última vez que no observas el encanto de París? y sobre todo, ¿desde cuando no eres feliz?.- me dijo con una vocecilla muy dulce.
La miré extrañada y seguí caminando.
Pero mi cerebro no se resistió a hablarme: 
-Deberías hacerle caso a esa niña.
Me paré en seco. De repente salí corriendo, entre en mi habitación, me puse un vestido que hace años que no me ponía aunque me encantase, pero estaba tan ajetreada por mi trabajo, que no me di cuenta de todas las cosas maravillosas. 
No me dí cuenta de el día maravilloso que hacía. Ni que la primavera había traído a unas mariposas preciosas.  Volví hacia donde estaba la niña y le dije:
-Gracias por devolverme la vista de todas las cosas hermosas.
No me preocupaba para nada mi trabajo, ni siquiera me acordaba de él. Me sentía la más afortunada del universo. Aprendí una gran lección: No porque nos hagamos mayores, nos tenemos que volver ciegos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario